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Historia, Periodismo en castellano

El gran viaje a Occidente de Rabban Bar Sauma


(artículo publicado en el número 517 de la revista Historia y Vida, del mes de abril de 2011)

El gran viaje a Occidente de Rabban Bar Sauma

Casi al mismo tiempo que Marco Polo llegaba a China, el monje nestoriano Rabban Bar Sauma dejaba Pekín para empezar un fascinante viaje que lo llevaría a los confines de Occidente. En el siglo XIII no sólo hubo europeos que descubrieron Oriente para Europa, también ocurrió al revés.

En 1264 Kublai Kan, Gran Kan de los mongoles, mandó reconstruir una ciudad china arrasada para establecer allí su capital. Los mongoles la llamaron Khan Baligh, ‘Gran residencia del Kan’. Esa ciudad más tarde se llamaría Pequín y fue la capital del imperio mongol, que dominaba un inmenso territorio continuo desde la costa del mar de China hasta la orilla oriental del mar Mediterráneo. Allí había nacido Bar Sauma (que después fue Rabban —‘maestro’— Bar Sauma).
Kublai Kan, como otros gobernantes mongoles, mostró una gran tolerancia religiosa, especialmente con el budismo y el nestorianismo. Los cristianos nestorianos habían sido expulsados de las iglesias romana y bizantina en el siglo V y habían iniciado un periplo interminable que los llevó progresivamente a Oriente Medio, Persia, Asia Central y finalmente China. Así fue como Bar Sauma nació en el seno de una familia nestoriana de origen uigur, en Khan Baligh, entre 1220 y 1230. Su presencia en China no era por lo tanto un hecho extraño. Y, de hecho, numerosos mongoles, especialmente mujeres pertenecientes a la elite social, se habían convertido al nestorianismo.
Cuando tuvo uso de razón y fe, Bar Sauma decidió consagrar su vida al cristianismo y en 1248, con poco más de 20 años, entró en un monasterio. Allí llevó una vida de severo ascetismo que luego trasladó a una cueva en las montañas vecinas. Con los años, su fe y bondad, su mística y su dialéctica, alcanzaron celebridad entre los feligreses nestorianos.
Y Bar Sauma no hubiera modificado su contemplativa existencia jamás, si no se hubiera cruzado en su vida Marcos, un joven que, atraído por la aureola del maestro, eligió viajar 15 días sin descanso hasta conocerlo y convertirse en su discípulo. Fue aceptado en el monasterio y pasó tres años como monje nestoriano. A pesar de su juventud, la devoción y determinación de Marcos pronto se convirtieron en una influencia sustancial para Bar Sauma. Y así fue como, poco a poco, el discípulo consiguió persuadir al maestro para que realizaran juntos un sueño muy ambicioso: viajar hasta Tierra Santa, peregrinar a Jerusalén y conocer los lugares sagrados del cristianismo.
No tenían, en principio, ninguna intención de ir más allá de Jerusalén. Y, ciertamente, la llegada de Bar Sauma a Europa se debió a un cúmulo de coincidencias. Sin embargo, el viaje terminó convirtiéndose en una misión diplomática que bien podría haber cambiado la historia y el mapa de Oriente Medio. Se desconoce si sabían que otro viajero, llamado Marco Polo, había llegado desde Venecia a la corte de Kublai Kan en 1275.

Peregrinación bajo protección       
En un acto de enorme fe, los dos monjes se dispusieron a preparar la peregrinación a tierras desconocidas. Rondaba el año 1280. Debían atravesar montañas y altiplanos infinitos, bordear desiertos de arena, cruzar ríos y superar los impredecibles peligros que acechaban en el camino. Más de siete mil kilómetros separaban el punto de partida y Jerusalén.
Es cierto que las caravanas de comerciantes conocían la llamada Ruta de la seda desde muchos siglos atrás. Que ya existía una sólida red de caminos desde China a Asia Central y también desde esta región hasta Oriente Medio y el Mediterráneo. Y que el intercambio de mercancías y conocimientos se llevaba a cabo casi desde tiempos inmemoriales. Pero también es cierto que tanto para los pueblos de Oriente como para los de Occidente era algo extraordinario aventurarse más allá de medio camino.
En definitiva, los monjes se preparaban para una travesía gigantesca y desconocida en su época. Y partieron con osadía, pero también con cierta prudencia y protección. Gracias a la comunidad nestoriana hicieron acopio de víveres y provisiones. El arzobispo metropolitano de Pequín les dio cartas para los líderes de varias comunidades nestorianas, de ciudades y pueblos situados en el camino que seguirían los monjes. Su ruta, ciertamente, se detuvo en incontables ocasiones en comunidades de esta iglesia y las ayudas que recibieron de sus feligreses (caballos, vestidos, mantas, dinero) marcó la suerte de su destino. También Marco Polo nos explica en su relato que las rutas comerciales desde Bagdad hasta Pequín estaban ligadas a la red de capillas nestorianas.
Pero los dos monjes contaron con otro apoyo más decisivo aún, el del Gran Kan. Efectivamente, Kublai Kan les dotó de una importante provisión de fondos y también de salvoconductos, prerrogativa indispensable para tratar de atravesar los diferentes kanatos del imperio mongol sin grandes sobresaltos. Hay que recordar que, a mediados del siglo XIII, el imperio mongol estaba dividido en cuatro grandes regiones o kanatos, que con frecuencia tenían enfrentamientos entre sí. Cada uno de ellos estaba gobernado por un kan y a la vez bajo la soberanía más o menos efectiva del Gran Kan. Eran la Horda de Oro (Rusia), el Ilkanato (Oriente Medio), el Kanato de Yagathai (Asia Central) y el Gran Kanato (Mongolia y China).
No conocemos el pacto establecido entre los monjes y el kan, pero la mayoría de historiadores coinciden en pensar que se trataba de una muestra de tolerancia con el cristianismo, un signo propagandístico de buenas intenciones para buscar la complicidad con los reinos cristianos del este. También lo cree así E.A. Wallis Budge, erudito orientalista encargado de traducir al inglés el manuscrito donde Bar Sauma narró sus viajes. Desde tiempo atrás, los soberanos mongoles pretendían la conquista de Jerusalén y buscaban el acercamiento a Occidente. Por lo demás, la facilidad con que los monjes se desplazaron por todo el imperio mongol demuestra que actuaron como emisarios de Kublai Kan, aunque aparentemente sólo pretendieran redimir sus pecados y purificar sus almas peregrinando a los lugares sagrados.   

Ruta hacia Jerusalén
Dejando atrás Pequín, siguieron el curso del río Amarillo durante muchísimas jornadas y después bordearon el desierto de Taklamakán. Conocieron los efectos devastadores de la guerra en la ciudad de Kashgar (actual China), enclave importantísimo en la Ruta de la seda y núcleo nestoriano que encontraron completamente destruido. Ascendieron hasta las altas cordilleras del actual Afganistán, donde debieron luchar contra el frío y eludir la presencia de bandidos. En una ocasión, agotados y prácticamente sin provisiones ni dinero, les salvó la vida la llegada al monasterio de Mar Sheyon, cerca de Tus, capital de la región de Khorasan.
En la ciudad de Maragheh (actual Irán), conocieron al patriarca de la iglesia nestoriana, Mar Denha I, un hombre fundamental en sus vidas y que más tarde cambiaría su destino. Su viaje hacia el oeste, tras pasar por Bagdad, sólo se vio interrumpido en el norte de Siria, pues el desasosiego de esas tierras, azotadas por los conflictos bélicos, les obligó a desviarse hacia el norte y tratar de llegar a Jerusalén por mar.
No pudieron, el bandolerismo se lo impidió. Así, retrocedieron de nuevo hasta Bagdad y, sin  saberlo, con esta decisión pusieron punto final al sueño de llegar a Jerusalén y conocer el lugar más sagrado del cristianismo, el Santo Sepulcro. En su regreso a Bagdad la providencia interfirió para siempre en sus planes.

Por aquel entonces, Bagdad era la sede de la iglesia nestoriana. El patriarca Mar Denha I quiso retener a los monjes a su lado buscando su favor como emisarios del Gran Kan y concedió a ambos diferentes honores: Marcos fue nombrado obispo metropolitano de China y pasó a llamarse Mar Yaballaha III —algo así como “señoría del don divino”—, mientras que Bar Sauma fue designado visitador general. Después, el destino hizo que Mar Denha I muriese pronto y que los nobles y obispos nestorianos, sabedores de la importancia de mantener buenas relaciones con los soberanos mongoles, ascendieran a Marcos a la cima de la jerarquía nestoriana. De este modo, Marcos fue nombrado solemnemente patriarca de la iglesia nestoriana en el año 1281. Con sus nuevas obligaciones episcopales, lógicamente, tuvo que abandonar de manera definitiva la aventura del peregrinaje a Jerusalén. Y Bar Sauma pudo retirarse unos años a un monasterio para volver a su apacible rutina de la meditación. Pero sólo por un tiempo. Hasta que, finalmente, fue llamado a emprender un nuevo cometido. Sería la fase más trascendente de su viaje: se convirtió en el emisario del ilkán de Persia a Europa. Su misión, en parte religiosa y en parte política, le llevaría hasta Bizancio, Roma y Francia.

Misión diplomática
El objetivo de la expedición organizada por el ilkán de Persia, Arghun, era buscar una alianza militar con la Europa cristiana, para así hacer frente a los mamelucos egipcios y conquistar Siria y Palestina. Cuando Mar Yaballaha III fue requerido por Arghun, gran amigo del cristianismo, para organizar una misión a Europa, éste inmediatamente propuso designar a Bar Sauma. Reunía las mejores condiciones: hablaba persa —lengua franca regional que conocían incluso los comerciantes italianos —, era cristiano y tenía su absoluta confianza. Bar Sauma, exaltado por la idea de conocer Roma, las reliquias y la cúpula eclesiástica de los reinos cristianos, aceptó.
Así, a principios de 1287, Bar Sauma salió en dirección a Europa. Era el primer hombre nacido en China que llegaba en viaje oficial al continente europeo, y lo hacía con guardia personal, regalos y dinero, así como cartas del ilkán para entregar al Papa de Roma y a los gobernantes de Bizancio, de Francia y de Inglaterra.
Tras una breve etapa en Constantinopla, donde se presentó ante el emperador de Bizancio, Andrónico II Paleólogo, la travesía hacia Europa continuó por mar. Bar Sauma dejó testimonio escrito del terror que pasó navegando por el Mediterráneo y también ante las erupciones sobrecogedoras del volcán Etna. Aferrado a la fe, superó el crítico episodio naval y llegó hasta la ciudad de Nápoles. Más tarde, mientras ascendía por la península itálica hacia Roma, supo que el Papa Honorio IV había muerto y que la demora en la elección del nuevo pontífice bloquearía cualquier intento de gestión diplomática. Aun así, llegó a Roma para establecer contacto con los cardenales de la Ciudad Santa y visitó con profundo interés la antigua basílica de San Pedro y otros lugares santos de Roma. Habiendo postergado el encuentro hasta la elección del próximo Papa, optó por dirigirse a Francia.
En agosto de 1287, con 62 años, Bar Sauma pisó suelo francés. Apenas enterado de su llegada, Felipe el Hermoso envió tropas para escoltarlo hasta París. El joven monarca se mostró emocionado ante la recepción de tan exótico viajero y séquito, y recibió con entusiasmo los regalos que le entregaban de parte de Arghun, que incluían lujosas joyas y sedas. Escuchó también la propuesta del emisario, que no era otra que la alianza de mongoles y cristianos contra el islam. Felipe el Hermoso anunció a Bar Sauma que se encontraba en disposición de enviar tropas para ayudar a los mongoles a arrebatar Jerusalén a los infieles.
Antes de abandonar París, Bar Sauma tuvo tiempo de conocer la ciudad y quedó deslumbrado por la belleza de iglesias como la de Saint Denis, necrópolis real, y sorprendido por la cantidad de estudiantes que había. En sus anotaciones, describió con admiración cómo los estudiantes se formaban, además de en el conocimiento de las Escrituras, en las artes de la gramática, la lógica, la retórica y el derecho.
Tras el monarca francés, llegó el turno del rey de Inglaterra. Después de 20 días de camino se encontró con él en Burdeos, donde Eduardo I visitaba sus posesiones en la Gascuña. Ahora sí, Bar Sauma ya había atravesado el continente  euroasiático de un extremo a otro. Al igual que Felipe el Hermoso, Eduardo I se mostró alagado de recibir a una emisario del Gran Kan y sus regalos y quiso poner de manifiesto que no había nada más importante para él que la propagación del signo de la cruz y la derrota del islam. Sin embargo, realmente estaba muy ocupado con otros frentes complejos, como las guerras de Gales. Sabía que disponía de pocos medios para apoyar una alianza estratégica de cristianos y mongoles y dio una respuesta ambigua.
Para poner fin a la misión, ya sólo quedaba pendiente la entrevista con el nuevo Papa, Nicolás IV. Bar Sauma fue recibido por él en Roma en marzo de 1288. El encuentro fue muy cordial y el pontífice incluso invitó al emisario a pasar con él la Pascua. Durante la Semana Santa, Rabban Bar Sauma quedó impresionado por la cantidad de fieles que acudían a Roma y por la grandeza de la iglesia romana. Sostuvo también inagotables disertaciones teológicas con los obispos de la iglesia de Roma. Aunque Nicolás IV supo agradecer la tolerancia religiosa del ilkán, su respuesta final no fue satisfactoria para la misión. Después del encuentro envió una misiva oficial de respuesta donde renunciaba a la alianza, por sus malas relaciones con los gobernantes europeos, y convidaba al ilkán a someterse a la autoridad del pontífice. Aun así, aplaudía la intención de recuperar Tierra Santa.
El verano de 1288 Rabban Bar Sauma pudo iniciar el camino de retorno al Ilkanato. Su ruta volvió a pasar por Constantinopla, donde dejó constancia escrita de su admiración de los lugares santos, como la iglesia de Santa Sofía, donde le impresionaron la bóveda y los coloridos mármoles de sus paredes. En septiembre ya era recibido con todos los honores en el Ilkanato, donde Arghun se sintió inicialmente esperanzado con la respuesta de los monarcas de Francia e Inglaterra.

Fracaso de la alianza
Pero finalmente los movimientos diplomáticos no tuvieron suficiente éxito. Las luchas internas en el imperio mongol, así como la propia división de Europa, impidieron una colaboración más estrecha entre las dos potencias, que perdieron la oportunidad de enfrentarse en superioridad a los mamelucos en Oriente Medio. Arghun murió en 1291 sin haber acechado Jerusalén.
Rabban Bar Sauma, en cambio, consiguió dar un primer paso para el reencuentro del nestorianismo con las iglesias de Roma y Bizancio. Su intercambio de pareceres y conocimientos con los líderes religiosos fue un punto de inflexión después de siglos de incomunicación entre doctrinas cristianas muy distanciadas. Uno o dos años después de su regreso, Rabban Bar Sauma se trasladó a Maragheh para construir una nueva iglesia, donde se estableció y recuperó el sosiego y la vida cavilosa. Muy probablemente fue en esta época cuando Bar Sauma escribió la crónica de sus viajes con el título, en su traducción al inglés, de The Monks of Kublai Khan Emperor of China.
Durante una estancia en Bagdad, Bar Sauma cayó enfermo. Al poco  tiempo, unas fiebres se llevaron su alma definitivamente, no sin que antes pudiera despedirse de su gran amigo Marcos. Era 1294 y tenía 69 años.
Al patriarca Mar Yaballaha III se le complicó mucho la vida con la muerte del soberano Arghun, gran protector de los cristianos. Con las luchas internas y sucesorias en el seno del imperio mongol y la impetuosa propagación de la religión islámica, la iglesia nestoriana entró en un fuerte declive. El patriarca, después de ser víctima de intrigas, persecuciones y hasta torturas, se retiró al monasterio de Maragheh, donde murió en 1317. La consolidación del islam llevó a una rápida decadencia de la iglesia nestoriana en todos los países asiáticos a partir del siglo XIV. Este fue el principal motivo por el cual las figuras de los viajeros Bar Sauma y Marcos no pasaran a la historia como era debido. El propio manuscrito de Bar Sauma cayó en el olvido. Desde la debilidad, sabido es, no se escribe la historia.

 

 

 

 

Cómo nos llegó el manuscrito
Sabemos que la narración de los viajes de Rabban Bar Sauma y Marcos (después Mar Yaballaha III) fue escrita originalmente en lengua persa por el propio Bar Sauma, como diario de viajes, en el siglo XIII. Desconocemos quién es el autor de la primera traducción resumida al siríaco.

Según el orientalista inglés EA Wallis Budge, el hallazgo del manuscrito se dio así. En marzo de 1887 se descubrió que el patriarca nestoriano de Tekhama tenía un interesante manuscrito inédito. Tras una primera revisión, se comprobó que se trataba de la narración de los viajes de los dos monjes que el erudito Bar Hebraeus mencionaba en sus escritos. ¡Habían pasado 600 años! Se inició entonces un largo proceso editorial que culminó con su traducción a la lengua inglesa en 1928. EA Wallis Budge tradujo el manuscrito del siríaco y lo convirtió en la versión que nos ha llegado, publicada por primera vez en 1928 bajo el título The Monks of Khublai Khan Emperor of China. Después se reeditó con el título simplificado de The Monks of Khublai Khan.

El gran éxodo de la iglesia nestoriana
Aunque de trasfondo existían razones políticas, el nestorianismo fue formalmente apartado de la iglesia católica (Concilio de Éfeso, año 431) porque el patriarca Nestorio de Constantinopla sostenía que en Cristo había dos sustancias, la divina y la humana. Negó que María pudiera ser llamada “madre de Dios”, puesto que sólo lo podía ser de Cristo. Se consideró una herejía. El hecho es que, a partir del siglo V, los nestorianos fueron expulsados de los centros de culto de Roma y Bizancio. Se convirtieron entonces en la denominada Iglesia del Este, que se adentró cada vez más en el continente asiático hasta llegar a China. Sus comunidades eran tan célebres por su devoción como por su dinamismo comercial y conocimientos. Allá donde se establecieron, los nestorianos ejercieron una sabia influencia sobre las clases dirigentes. Durante más de 700 años, el arraigo del nestorianismo en Asia fue progresivamente en aumento y su poder alcanzó la cúspide en el siglo XIII, justamente bajo el patriarcado de Mar Yaballaha III y el paraguas de la Pax Mongólica. Su posición empezó a decaer en el siglo XIV.

El islam se fue imponiendo y los gobernantes les denegaron la confianza. Finalmente, fueron cruelmente perseguidos, sus bienes confiscados y sus iglesias destruidas. A finales del siglo XIV, el nestorianismo había prácticamente desaparecido de Persia, de Asia Central y de China. Pero sobrevivió. Hoy en día todavía hay pequeñas comunidades nestorianas en países como Irak, Irán, la India y Estados Unidos.

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About Xavier Valls Torner

Periodista, coordinador editorial, corrector

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