//
you're reading...
Historia, Periodismo en castellano

La expedición nazi al Tíbet


(artículo publicado en el número 516 de la revista Historia y Vida, del mes de marzo de 2011)

La expedición nazi al Tíbet

 

 En 1938 una expedición científica de la Alemania nazi se adentró en el Tíbet. ¿Qué buscaban entre las cumbres heladas del Himalaya? Bajo el paraguas del nazismo, algunos científicos se dejaron seducir por el sueño de conseguir la pureza de la raza nórdica. Y por la quimera de viajar hasta sus orígenes.

La búsqueda del origen de la raza aria, del Santo Grial o de la Atlántida  pueden parecer despistes inofensivos de la imaginación nazi. Y sin embargo, la concepción racial del nazismo creció alrededor de las teorías del ocultismo, que acabaron por tener enorme trascendencia. Numerosos dirigentes nazis habían pertenecido a sociedades secretas desde la década de 1920, habían bebido en las fuentes de la militancia esotérica y dieron soporte a creencias poco o nada fundamentadas. Una de ellas decía, ya desde el siglo XIX, que las raíces ancestrales del pueblo germánico se hundían en el Asia Central. Y, cuando los nazis tuvieron el poder, fueron a buscarlas convencidos.

Himmler y la Ahnenerbe

El auténtico líder político de la Expedición Alemana al Tíbet de 1938-1939 fue el número dos del régimen nazi y jefe de las SS, Heinrich Himmler. Él mismo, el reichsführer, fundó en 1935 la Ahnenerbe, sociedad propagandista que procuró toda la cobertura oficial necesaria a la aventura.

Himmler, desde su posición privilegiada, apoyó siempre teorías seudocientíficas sobre la supremacía racial alemana. El perfil de este hombre poderosísimo se define por sus obsesiones intelectuales, entre las que se encontraban la astronomía germánica, la heráldica, la Atlántida, el espiritismo y las culturas de la India y de Oriente. También se había acercado a la célebre Sociedad Thule, uno de los grupos ocultistas que en Alemania experimentaron un renacimiento tras la Primera Guerra Mundial, con el descontento de la derrota. Eran nacionalistas y antisemitas, glorificaban un pasado alemán mítico y celebraban ceremonias paganas.

La Ahnenerbe, por su parte, impulsaba investigaciones que dieran base científica a la ideología nazi y a las teorías sobre el origen de la raza aria y su supremacía. Así, la Ahnenerbe reunió en su seno tanto a científicos competentes como a ideólogos de dudosa credibilidad, incluyendo sujetos con preocupante historial psiquiátrico como Karl Maria Wiligut, quien estuvo tres años en un manicomio de Salzburgo antes de ser nombrado jefe de la Sección de Prehistoria e Historia Antigua de la sociedad.

La Ahnenerbe cubrió hasta 51 campos de investigación, marco en el que cabe situar la expedición al Tíbet. Desde Alemania salieron expediciones de arqueólogos hacia distintos rincones del mundo con la principal misión de volver con rastros de la Herrenvolk, la raza superior. La Expedición Alemana al Tíbet de 1938-1939 fue la más ambiciosa de todas ellas.

Schäfer conoce a Himmler

El zoólogo Ernst Schäfer ya había participado en dos anteriores expediciones internacionales al Himalaya, que llevó a cabo en 1930 y 1934-1935 en estrecha colaboración con los estadounidenses Brook Dolan y Marion Duncan. Había regresado con magníficas colecciones biológicas y publicado trabajos sobre ellas. Pero Schäfer se había prometido a sí mismo regresar de nuevo al Tíbet para orgullo de su patria, con bandera y equipo alemanes. Cuando Himmler supo de los éxitos de aquel joven científico, decidió conocerlo.

En Berlín, Schäfer le expuso a Himmler la idea de una expedición exclusivamente alemana y el jefe de las SS se entusiasmó de inmediato, convencido de que en algún lugar del Himalaya encontraría vestigios de la raza aria y de que los descubrimientos colmarían de prestigio su gestión. Con esa idea, indicó a Schäfer que se pusiera rápidamente a trabajar con la Ahnenerbe, lo que preocupó un tanto al zoólogo por el desprestigio del organismo entre la comunidad científica. Sin embargo, la magnitud del proyecto y el vacío de las arcas de las SS obligaron finalmente a Schäfer a conseguir por su cuenta los fondos de la expedición y esto bastó para que Himmler tuviera que respetar sus objetivos científicos. Gracias a este pequeño distanciamiento el reichsführer tuvo que abstenerse de investigar teorías como la de la cosmogonía glacial, que la Ahnenerbe secundaba pero Schäfer aborrecía. Así, Schäfer se permitió escoger él mismo a los cinco miembros de la expedición, definir los objetivos científicos y esquivar a los visionarios de la Ahnenerbe.

Con todo, Schäfer también compartía teorías e ideas con la Alemania nazi, como que la génesis de la raza nórdica procedía del Asia Central —tesis también vigente en otros países— y la necesidad de encontrar semillas resistentes y fecundas, capaces de dar de comer a una Alemania de potente industria militar pero deficiente producción de alimentos.

Himmler continuó como principal valedor de la expedición y él se encargó de conseguir divisas extranjeras y permisos para salir del país, dos cosas muy difíciles de conseguir en la Alemania nazi de 1938.

Científicos sí, nazis también

Los integrantes de la expedición Alemana eran excelentes científicos y realizaron un trabajo que, prescindiendo de su errática base teórica, estuvo basado en observaciones empíricas. Todos se movieron por ambición profesional, aunque también eran oficiales de las SS por elección personal.  

Ernst Schäfer había solicitado en 1933 su ingreso en el cuerpo de elite de Himmler. Estar en las SS significaba estar entre los mejores, y esa era justamente la ambición de Schäfer. Buscaba oportunidades más allá de las que le ofrecía la universidad. Él y sus compañeros eran hijos de años muy difíciles: en las décadas de 1920 y 1930 había escasas plazas de profesor en las universidades y hasta se acusaba a los profesores judíos de acaparar puestos en las facultades. El nazismo era el viento que soplaba en Alemania y se dejaron llevar por él.

Ernst Schafer era un experto zoólogo y cazador, y gran conocedor de las aves tibetanas. Científico rigurosísimo, supervisaba obsesivamente el trabajo de sus colegas. Unos meses antes de la expedición, en 1937, su esposa Hertha murió en un accidente de caza de un disparo de su propio rifle. Esto le agrió el carácter y determinó sus relaciones personales en la expedición. Fue individualista y exigente con todos hasta el extremo, tanto con los alemanes como con sherpas, porteadores y animales.

Bruno Beger era arqueólogo y fue un hombre clave en la expedición. Él era el más interesado en estudiar los rasgos raciales de los asiáticos. Se propuso como objetivo recoger material en relación a los orígenes y características de una supuesta raza nórdica en la región. Se llevó al Tíbet más de cien cajas: álbumes con muestras de cabello, calibradores, tablas de medición del color de los ojos, yeso para sacar moldes de rostros, material para recoger huellas dactilares, etc. Su principal misión sería el estudio de la aristocracia tibetana, donde creían que estaba la llave del vínculo entre germanos y tibetanos. Cuando Beger entró en las SS, trabajó en el Departamento de Raza y Asentamiento (RusHA). Él mismo era un perfecto ejemplar de raza aria: alto, rubio, de complexión fuerte y acentuados rasgos aguileños.

Karl Wienert era un ilustre geógrafo, y su cometido consistió en registrar las variaciones del campo magnético de la tierra en el Himalaya. Antes de partir, cargó con magnetómetros, barómetros, un altímetro, radios de onda corta, cronómetros, etc.

Ernst Krause era botánico y entomólogo y centró su estudio en la riqueza biológica que poblaba las altitudes de la cordillera del Himalaya. Pero su función más importante consistió en ser el cámara de la expedición. Se llevó cámaras fotográficas de 16 mm y cámaras de placa, cientos de rollos de película, cazamariposas, recipientes para muestras, etc.

Finalmente, Edmund Geer fue el  brazo logístico de Schäfer. Todos eran oficiales de las SS con anterioridad excepto Geer, que tuvo que ser presentado expresamente (era miembro de las SS, pero no oficial) y aceptado a regañadientes. En la obsesión de las SS por la genealogía no encajaba que Geer no pudiera identificar a su abuelo para demostrar pureza germánica. Muy eficiente, se encargó de la logística doméstica del grupo: tiendas de campaña, alimentos, mesas, cerveza, cigarrillos, etc.

¡A medir cráneos!

La expedición partió el 18 de abril de 1938. Un barco llevó a los cinco hombres hasta la India británica y cuando llegaron a Calcuta, los periódicos publicaron titulares hostiles: “Agente de la Gestapo en la India”, decía el Times of India . Fue el presagio de las difíciles relaciones que mantendría Schäfer con los funcionarios indios y británicos. De inicio, consiguieron permiso del virrey de India para quedarse seis meses en el vecino reino de Sikkim, pero no para entrar en el Tíbet.

En la ruta hacia las alturas del Himalaya recorrieron campos de arroz, bosques tropicales y montañas cada vez más despobladas conforme ascendían por las laderas de la cordillera. En Darjeeling, donde se contemplaban ya las cimas nevadas del Kanchenjunga, Schäfer se topó por primera vez con Hugh Richardson, funcionario de la legación británica en Lhasa, que se erigiría en su peor enemigo. Les recordó hasta dónde llegaban sus derechos en Sikkim y aconsejó a Bruno Beger moderar sus mediciones antropológicas para no molestar a la población.

Beger se encontró con que el reino de Sikkim, situado entre Nepal, Bután, Tíbet y la India, contaba con una variadísima composición étnica y, caso omiso de las recomendaciones, allí realizó sus primeras mediciones de cráneos con el calibrador, y también las primeras máscaras de yeso. Para conseguir las muestras de los rasgos faciales, Beger untaba el rostro del hombre o mujer elegido con pasta de yeso, que se secaba lentamente sobre el rostro dejando sólo diminutos orificios para respirar. La operación, muy desagradable, duraba unos 40 minutos. La expedición contrató también a varios sherpas y ayudantes para la caravana.

 Finalmente, Schäfer tomó la determinación de colarse por la frontera y penetrar en el Tíbet a escondidas. Entraron por el paso de Nathu La, que atravesaba la muralla del Himalaya a 4.265 metros de altura. Al otro lado estaba el valle del río Chumbi y, después, el Tíbet. Ya en terreno tibetano recibieron por fin una invitación formal del Kashag, el consejo de ministros del Tíbet, para permanecer 14 días en el país. Era diciembre de 1938.

La expedición se recompuso para aprovisionarse. Hicieron marcha atrás y, cuando la logística estuvo a punto, retomaron la ascensión. Al llegar a Gyantse, la tercera ciudad del Tíbet, observaron muchas cruces gamadas dibujadas en las paredes de las casas. Aquí este signo se llamaba yungdrung y se dibujaba tanto en el sentido de las agujas de reloj como en el contrario. Schäfer mostró a los tibetanos sus cruces gamadas para buscar la complicidad con ellos. Los británicos tenían allí una guarnición y eso hizo que Richardson quisiera reunirse con los alemanes. El encuentro fue tenso y el funcionario escocés les exigió la documentación y les recordó sus límites, así como la prohibición de usar instrumental científico.

El 11 de enero de 1939 reemprendieron el viaje hacia Lhasa, la Ciudad Prohibida que tan pocos europeos habían pisado. En pleno invierno, la travesía fue de una  gran dureza y alcanzaron temperaturas inferiores a los 15 gados bajo cero. En algunas localidades fueron mal recibidos y alertados contra sus actividades científicas, prueba de que Richardson había advertido a los líderes locales en un trabajo propagandístico de desgaste contra la expedición. Aun así, ni Beger ni Wienert detuvieron nunca sus mediciones y Krause siguió tomando imágenes de todo cuanto tuviera interés científico. Como rebelan los diarios de los expedicionarios, muchas veces este tipo de actividades se realizaron clandestinamente y a escondidas de autoridades y compañeros de caravana. La única práctica que se detuvo realmente fue la caza con escopeta, actividad preferida de Schäfer.

Lhasa, la Ciudad Prohibida

El momento culminante de la Expedición Alemana al Tíbet fue su estancia en Lhasa. La capital tibetana en la década de 1930 seguía rodeada de un halo de misterio y, buena prueba de ello, es que Schäfer hasta se arrodilló ante ella para saborear el instante de su llegada. Himmler también les felicitó desde la distancia. La simple entrada en la ciudad, en las narices de los británicos, ya era de por sí un hito para una delegación alemana. Pero además, los científicos alemanes disfrutaron progresivamente de una gran intimidad con las autoridades civiles y religiosas tibetanas, con las que mantuvieron contacto casi diario y de las que consiguieron una prórroga de estancia de tres meses. Hay abundantes imágenes de los encuentros con los altos funcionarios del Kashag.

Conforme crecían los rumores de guerra en Europa, esta amistad enfurecía más a la legación británica, que entorpecía en lo posible las relaciones entre alemanes y tibetanos. Reting Rimpoché, el regente tibetano, llegó a pedir formalmente a Schäfer el  suministro por parte de Alemania de armamento para enfrentar al ejército chino, pero el  jefe de la expedición tuvo que negarse. En el contexto que vivían hubiera significado un suicidio para la expedición. Aun así, el regente llegó a escribir una carta a Adolf Hitler que sentó bases de cordialidad entre las dos naciones.

Lhasa significó para Beger la oportunidad de estudiar por fin la aristocracia tibetana. El antropólogo estaba emocionado y a la vez preocupado porque había llegado el momento de demostrar las conexiones entre los tibetanos y su propia raza. Los aristócratas paseaban por las calles vestidos con túnicas bordadas de oro y una larga cabellera recogida en un doble moño, caminando por delante de mujeres ataviadas con vestidos de seda y joyas de plata. Los estudió. Beger quiso ver rasgos arios en ellos y los definió así: “Altos, de cabeza alargada, con el rostro alargado, los pómulos retraídos, la nariz recta o ligeramente curva con el dorso nasal elevado, el cabello lacio y un comportamiento imperiosos que denota seguridad”.

A su paso por la Ciudad Prohibida, la expedición nazi tuvo la suerte de coincidir con la celebración del Año nuevo Tibetano y la Gran Oración o Mönlam, principal peregrinación religiosa del Tíbet. Ante sus ojos atónitos, los monjes de los monasterios de alrededor de Lhasa invadieron la ciudad en una manifestación de extrema religiosidad no exenta de vicio y violencia. Fueron las últimas imágenes espectaculares que registró Krause.

En marzo de 1939, Hitler se anexionó Checoslovaquia. Schäfer y los suyos estaban a punto de pasar de extranjeros incómodos a enemigos oficiales de Gran Bretaña. La situación se complicaba y salieron de Lhasa el 20 marzo de 1939.

Durante la primavera, prosiguieron la expedición por el país, pero rápidamente todos los contactos que habían hecho durante el viaje empezaron a girarles la espalda. El bloqueo del correo, la presión y la hostilidad británicas se intensificaron. Gran Bretaña ya no podía parecer débil ante la amenazante Alemania; la India tampoco. Schäfer y los suyos vieron que era el final de su aventura.

Himmler estuvo de acuerdo en que la huida era pertinente y la organizó él mismo. El reichsführer en persona fue a esperar a la expedición en su llegada a Munich el 4 de agosto de 1939.

Balance científico

La Expedición Alemana al Tíbet completó con éxito su labor de observación y recogida de datos. Recopilaron cantidades enormes de plantas y mariposas, así como cajas repletas de valiosas pieles de animales. Ernst Krause rodó 18.000 metros de película de 16 mm y tomó 40.000 fotos en blanco y negro y color. Bruno Beger recogió 2.000 objetos etnográficos sobre la cultura tibetana y regional, realizó mediciones de 366 personas, tibetanos principalmente, pero también de otros grupos. Beger también tomó 2.000 fotos, hizo moldes de cabezas, caras, manos y orejas de 17 personas y reunió huellas dactilares y de manos de 350 individuos más. También obtuvieron más de 50 variedades nuevas de semillas para el Reich. El régimen recibió su trabajo con orgullo y satisfacción.

Sin embargo, el estudio de la raza aria salió peor parado. Cuando regresó del campo de Auschwitz, Beger publicó finalmente un artículo sobre las razas del Tíbet. Fue decepcionante. La búsqueda de la raza aria entre las cumbres del Himlaya era un fracaso no confesado. En su estudio, trataba de vincular grupos tibetanos con un grupo “európido” más antiguo. Lejos de llegar a ninguna conclusión sólida, más que nada esbozó un retrato de la diversidad étnica en Tíbet y la India. Después de esto, ya no se conoció ninguna investigación más de Beger sobre el origen de la raza aria. Jamás pudo contar a su regreso la explicación que le hubiera gustado dar a sus superiores y a sus profesores de universidad. Quiso encontrar argumentos, pero, en rigor, Beger no demostró nada. Sólo pequeños movimientos migratorios antiguos, de causa bélica, comercial o religiosa, explican la presencia de rasgos diferenciales en la aristocracia tibetana.

 

 

 

Qué fue de los expedicionarios
Ernst Shäfer
Siguió vinculado a la Ahnenerbe. Cuando llegó la victoria de los aliados, mantuvo que su implicación con el poder nazi había sido estrictamente científica. Fue juzgado, pero no fue condenado. Se estableció en Venezuela en 1950, donde creó una estación biológica. Ya mayor, se retiró a la Baja Sajonia y murió en 1992.
Bruno Beger
Fue juzgado en 1971 y condenado por su paso por los campos de concentración. Estuvo en el campo de Auschwitz en 1943, donde seleccionó a unos cuantos individuos para su estudio, entre ellos algunos de rasgos asiáticos. Después fueron gaseados. Al terminar la guerra, Beger fue condenado a tres años de prisión, pero no llegó a ser encarcelado. Murió en octubre del 2009 en Frankfurt.
Karl Wienert, Ernst Krause y Edmund Geer regresaron al mundo académico sin hacer demasiado ruido.

 

Geheimnis Tibet, la película

En 1942, con el material de la expedición, Ernst Schafer montó un documental llamado Geheimnis Tibet (El secreto del Tíbet). Resultó un trabajo, supervisado por Himmler, con dos caras diferenciadas: una parte estrictamente documental sobre el viaje y un acercamiento a la historia del Tíbet. En esta segunda parte, los autores entran a fondo con la idea de que antiguamente los tibetanos eran una raza y nación guerrera que fue corrompida por la religión. Así, según el filme, el lamaísmo (o budismo tibetano) penetró en el país de una nación laica y debilitó su carácter. El antiguo pueblo tibetano (ese que podía ser un antepasado común) perdió su vigor y vio incluso como una parte importante de población masculina se retiraba de la vida útil por culpa de la religión.

La película tiene valor histórico en sí misma y contiene, entre muchos detalles de interés, las últimas imágenes de la ciudad de Lhasa antes de la invasión china. Parte del material bruto filmado por Ernst Krause, y que no aparece en el montaje del documental, se conserva en la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos. Geheimnis Tibet puede verse en Internet: http://www.archive.org/details/1943-Geheimnis-Tibet

 

El convulso siglo XX del Tíbet

En 1906 se firmó un tratado bilateral entre Gran Bretaña y China por el Tíbet. Establecía que la soberanía del territorio tibetano recaía en manos chinas a cambio de pagar una gran cantidad de dinero a Gran Bretaña, que retiró su ejército. En clave interna, tras la muerte del XIII Dalai Lama Thubten Gyatso en 1933 (en circunstancias muy confusas) se abrió un vacío de poder que fue ocupado por el regente Reting Rimpoché. En este contexto llegó la Expedición Alemana al Tíbet de 1938-39. Tras finalizar la Segunda Guerra Mundial, China invadió el Tíbet. En 1950, Mao Zedong envió 80.000 soldados al Tíbet que formalizaron el establecimiento definitivo de China en el país. Hoy el Tíbet es considerado por China como una región autónoma.

El XIV Dalai Lama Tenzin Gyatso fue entronizado en Lhasa en 1940, pero tuvo que exiliarse a Dharamsala (India) en 1959. Allí sigue estando la sede del Gobierno tibetano en el exilio.

Advertisements

About Xavier Valls Torner

Periodista, coordinador editorial, corrector

Debats

5 thoughts on “La expedición nazi al Tíbet

  1. Excelente escrito … Enhorabuena

    Posted by Raúl Núñez Galvez | Juliol 16, 2013, 6:36 pm
  2. Hola Xavier, me gustaría consultar algo contigo. Esto leyendo tu artículo y lo voy a usar de inspiración para una escena de uno de mis libros. ¿Puedo hacer? Logicamente lo pondría en referencias bibliográficas. Muchas gracias

    Posted by Maria N.Mera | Novembre 27, 2015, 5:34 pm

Trackbacks/Pingbacks

  1. Retroenllaç: Filipo II, Alejandro Magno, Macedonia, Grecia. | Qué Aprendemos Hoy - Setembre 8, 2015

  2. Retroenllaç: Agartha: el Shangri-La nazi (II) | Qué Aprendemos Hoy - Setembre 11, 2015

Deixa un comentari

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

Esteu comentant fent servir el compte WordPress.com. Log Out / Canvia )

Twitter picture

Esteu comentant fent servir el compte Twitter. Log Out / Canvia )

Facebook photo

Esteu comentant fent servir el compte Facebook. Log Out / Canvia )

Google+ photo

Esteu comentant fent servir el compte Google+. Log Out / Canvia )

Connecting to %s

%d bloggers like this: