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Historia, Periodismo en castellano

Pirámides sin cabeza


(artículo publicado en el número 509 de la revista Historia y Vida, del mes de agosto del 2010)

 

Pirámides sin cabeza

 

Los vestigios de la civilización meroítica configuran una de las principales áreas arqueológicas del Sudán. Hoy son objeto de la exposición Meroe, un imperio en el Nilo, del Museo del Louvre.

Cuando en 1830 al explorador italiano Giuseppe Ferlini, enloquecido por la fiebre del oro, le dio por descabezar decenas de pirámides de la necrópolis real de Meroe, nadie podía augurar un buen futuro para las ruinas de la antigua capital. Pero Ferlini fracasó y encontró solamente un ajuar en la pirámide de la reina Amanishakheto. Su fiasco fue un triunfo para la arqueología, y el primer paso para lograr que el yacimiento llegase hasta el hombre del siglo XXI.

Así, el Museo del Louvre de París puede ahora brindarnos la posibilidad de conocer a fondo la civilización meroítica, en una exposición sobre el gran imperio creado alrededor de esta ciudad. La muestra recoge más de 200 obras, principalmente préstamos del Museo Nacional de Jartum y también de colecciones de los museos Británico, de Berlín y de Munich, entre otros. Como aportación propia, el Louvre presenta los resultados obtenidos por el equipo francés que trabaja en el yacimiento de Mouweis.

La civilización meroítica

Este reino se corresponde con la segunda etapa del reino de Kush, también conocido por las fuentes clásicas como Etiopía, que venía a significar ‘el país de los negros’. Kush vivió un primer período con capital en Napata, durante el cual los kushitas llegaron a dominar todo el valle del Nilo y hasta ensombrecieron el poder de Egipto: en el siglo VIII a. C. constituyeron la XXV dinastía, la de los llamados ‘faraones negros’.

Cuando esta etapa decayó, los kushitas fueron expulsados de Egipto y más tarde trasladaron su capital hacia el sur, arribando a Meroe. Sin embargo, continuaron desarrollando su civilización durante centenares de años, con influencias de las culturas faraónica, griega y romana y a la vez con carácter propio, plenamente africano. Ésta es la civilización meroítica, desplegada entre los siglos III a. C. y IV d. C. Su territorio comprende varios yacimientos arqueológicos importantes, como la necrópolis real y la misma ciudad de Meroe, y las ruinas de Naqa, Musawarat es-Sofra y Mouweis. Estos núcleos se sitúan en el corazón de la región, la denominada Isla de Meroe, comprendida entre tres aguas: las del Nilo, las del Nilo Azul y las del río Atbar. Los yacimientos se extienden hasta más al sur de la sexta catarata del Nilo.

Las pirámides de Meroe

En 1822 el francés Frédéric Cailliaud llegó a Meroe casi por accidente, y lo primero que divisó fueron sus célebres pirámides o, lo que es lo mismo, sus cementerios. Probablemente fue el último europeo que contempló íntegra la necrópolis real de Meroe, antes de las “reformas” de Ferlini. Hoy siguen siendo el elemento distintivo más visible del lugar y se pueden contemplar sin aglomeraciones turísticas, prácticamente en soledad. Pocos los saben, pero en Sudán hay más pirámides que en Egipto.

En 1844 Karl Richard Lepsius examinó las ruinas con mayor detenimiento, y aportó muchos planos y dibujos que estimularon el interés por el lugar. Posteriormente, en las tumbas reales se llevaron a cabo diferentes excavaciones, como las de 1920-1924 practicadas por George A. Reisner y su equipo de Boston. El impulso definitivo llegó a partir de 1960, cuando el Departamento de Antigüedades del Sudán empezó el estudio y reconstrucción de las pirámides de la mano del arquitecto alemán Friedrich W. Hinkel.

Hoy, sabemos que las pirámides meroíticas siguen su propio patrón, si bien es innegable la inspiración en la maestría de sus vecinos egipcios. Así, el cuerpo de los gobernantes no se enterraba en el interior del monumento, sino debajo, en la roca. También se conoce que no solamente se erigían para enterrar a soberanos y  reinas, sino también a otras personas de prestigio y que era habitual que junto a ellas se inhumara a los sirvientes. Al lado de las pirámides, se han encontrado capillas funerarias, de piedra o ladrillo, decoradas con escenas religiosas y familiares del difunto, y con una cámara interior con ofrendas.

Las pirámides de Meroe son de menor altura que las egipcias y tienen una fuerte inclinación que las caracteriza. Las mayores llegan hasta los 30 metros, mientras que las más pequeñas no pasan de los 10 metros. Su pronunciada pendiente tiene un ángulo de hasta 70 grados.

En la ciudad de Meroe se ha hallado una zona amurallada, la ciudad real, con baños y pequeños templos. Al exterior de este recinto también se encuentra el gran templo de Amón, que es una copia del de Djebel Barkal (en Napata) y otros santuarios, como el llamado Templo del Sol.

Las otras dos ciudades más importantes excavadas en Meroe son Naqa y Musawarat es-Sofra.  Naqa era un centro religioso muy significativo, y en su suelo descansan las ruinas de diferentes templos de piedra, además de la ciudad y el cementerio. Sus dos templos más destacables son uno dedicado a Amón, de origen egipcio, y otro a Apedemak, divinidad puramente local.
Junto a este último se encuentra el llamado “kiosco”, una construcción que aúna influencias egipcias, griegas y romanas.
En Musawarat es-Sofra se conservan las ruinas de una edificación grandiosa de carácter religioso que recibe el nombre de El Gran Recinto y que cuenta con numerosos patios y templos conectados entre sí. A un kilómetro de El Gran Recinto se encuentra el Templo del León que, como en Naqa, está dedicado a Apedemak, el dios León. Se trata de la más refinada expresión de la arquitectura kushita que se mantiene en pie.

Las tumbas reales y de la elite, así como los templos y palacios, nos han legado objetos de gran calidad. Revelan la destreza de los artesanos de Meroe en el trabajo de la fayenza (cerámica barnizada y esmaltada), del vidrio y de los metales preciosos. Los motivos decorativos y las técnicas reflejan influencias egipcias y grecorromanas, aunque vueltos a concebir desde la idiosincrasia meroítica. Asimismo, Meroe contaba con una de las grandes industrias del hierro de su tiempo, probablemente la más importante de África.

Una cultura africana

La estepa africana ejerció una poderosa influencia sobre Meroe, que se expresó muy especialmente en su culto al león y al elefante. La presencia constante de estos animales en la iconografía meroítica (junto a motivos propios de la tradición egipcia,  como la serpiente) no deja lugar a dudas. Un ejemplo perfecto de la profusión de estas imágenes se encuentra en los muros de los templos de Musawarat es-Sofra, donde se multiplican estas representaciones.
En los temas principales tratados en la exposición del Louvre puede adivinarse el sustrato africano de la cultura meroítica: en la vida cotidiana, el arte, la escritura, los reyes y sus insignias del poder, el papel de las reinas (candaces) y también en los cultos, donde coexisten Amón, Apedemek y Dionisio. Un bello ejemplo lo encontramos bajo las pirámides: en la cámara funeraria, el cuerpo del difunto se orientaba hacia el oeste, según la tradición egipcia, pero se retorcía sobre el costado como establecía la tradición local.

Los trabajos, hoy

En la exposición hay un espacio dedicado especialmente a las excavaciones que el Departamento de Antiguedades Egipcias del Museo del Louvre ha llevado a cabo en Mouweis desde el año 2007. Mouweis se sitúa 50 kilómetros al sudoeste de la ciudad de Meroe. Debido a la ausencia de monumentos visibles en la superficie, este yacimiento era poco conocido hasta recientemente, aunque se trata de un núcleo importante. Gracias a las diferentes técnicas de investigación (como la cartografía GPS, la prospección de superficie, la detección magnética y los sondeos) ya se ha podido esbozar una primera imagen de la ciudad. Se han identificado un palacio, dos templos y otros edificios de ladrillos de barro cocido; también se han localizado barrios habitados y un sector artesanal con hornos para cerámica, ladrillo y metalurgia. Actualmente hay una decena más de yacimientos donde se están excavando importantes vestigios meroíticos. Uno de los hallazgos recientes más espectaculares ha sido una estatua de una tonelada del rey Taharqa, el más célebre de los faraones negros. Fue desenterrada a principios de este año en Dangeil, al norte de Meroe, cerca de la quinta catarata. Es sólo una muestra. A diferencia de Egipto, en Sudán está casi todo por descubrir.

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About Xavier Valls Torner

Periodista, coordinador editorial, corrector

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