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Historia, Periodismo en castellano

La Rusia zarista a todo color


(artículo publicado en la revista Historia y Vida número 526, del mes de enero de 2012)

 

La Rusia zarista a todo color

Entre 1909 y 1915, el  fotógrafo Prokudin-Gorskii viajó por todos los dominios del Zar captando pioneras imágenes en color. Fue un testimonio único de un mundo que desaparecería muy pronto, tras la Revolución Rusa.

Sergei Prokudin-Gorskii jamás olvidó el día en que se ganó el favor del Zar para tirar adelante el proyecto de su vida: recorrer de un extremo a otro el territorio ruso y obtener los primeros reportajes en color del imperio. Fue el 3 de mayo de 1909. Ese día Nicolás II le abrió las puertas de palacio y aprobó su ambicioso plan. Rememorando la visita a Tsárskoye Seló, la lujosa villa de los zares, Prokudin-Gorskii escribiría más tarde en sus memorias: “El momento más crucial había llegado, pues sabía que el destino de mi empresa dependía en gran medida del éxito de esa tarde. Para esa primera demostración ante el Zar, elegí exclusivamente fotografías de paisajes naturales, con calidad de composición: puestas de sol, paisajes nevados, fotos de niños campesinos, flores, escenas de otoño y semejantes. Exactamente a las 20.30 h, el lacayo anunció: ‘Sus majestades imperiales’, y aparecieron en el vestíbulo el Zar, la Zarina y sus hijas mayores, y también caballeros y damas de honor. Habiéndome presentado, el Zar y la Zarina ocuparon sus lugares en la cabina y el Zar me ordenó empezar”.

 

Asombro imperial

La presentación fue un éxito rotundo para Prokudin-Gorskii y, según su propio relato, cada nueva diapositiva tenía un “impacto creciente” en sus interlocutores. De los gestos de aprobación, los emperadores y su corte pasaron a desinhibidas “exclamaciones de admiración”. No era para menos, pues nunca anteriormente Nicolás II y la emperatriz Alejandra habían visto imágenes de su imperio en color natural. Prokudin-Gorskii, que también era químico, era el primer fotógrafo a color de Rusia y empleaba el método de la separación de colores, técnicamente complejo pero con resultados de muy alta calidad.

A mitad de la sesión, Nicolás II interrogó al fotógrafo sobre los objetivos prácticos de sus avances con el color. Prokudin-Gorskii abordó entonces la cuestión: “Su majestad podría estar interesado, tal vez, en contemplar de vez en cuando la Rusia auténtica y sus antiguos monumentos, así como las bellezas de diferente naturaleza de nuestra madre patria”. Acertó. Al término de la exposición el Zar pidió sin demora al fotógrafo un listado de todo lo que necesitaba para empezar sus reportajes fotográficos. Y así fue como Prokudin-Gorskii logró dar el impulso definitivo a una colección que con el tiempo adquiriría un valor histórico fundamental: hoy, los suyos, son los únicos reportajes que se conservan del Imperio ruso en color.

La idea se concretó entonces en el propósito de reunir, en los siguientes diez años, una colección de 10.000 diapositivas para que fueran proyectadas en las universidades y escuelas rusas. Los alumnos podrían admirar así la grandeza y riqueza de un imperio que nunca podrían conocer por sí mismos, pues abrazaba un territorio de más de 20 millones de kilómetros cuadrados, desde el mar Báltico hasta el océano Pacífico. Se acordaron los temas que comprenderían las imágenes, sin disimular su afán propagandístico: la industria del país, las infraestructuras, la arquitectura, el arte, la diversidad cultural y étnica, los monasterios…, todo aquello que mostrara la gloria de la Rusia del Zar. Tras los movimientos revolucionarios de 1905, que continuaban aunque de modo desorganizado, a la autocracia zarista le convenía restablecer la imagen idealizada de la nación y vender una transición briosa hacia el capitalismo.

De este modo empezó un largo número de expediciones fotográficas que convirtieron en imágenes el espíritu de un proyecto colosal. Prokudin-Gorskii retrató bellas iglesias ortodoxas y exóticas mezquitas; los nómadas kirguises y los judíos de Samarcanda; los canales fluviales y el moderno sistema ferroviario; los esforzados obreros de los Urales, los artesanos y la pujante mecanización de las fábricas.

Con toda diligencia, el Zar mandó poner a disposición del maestro los medios de transporte necesarios, así como los permisos legales de desplazamiento. Por orden imperial, Prokudin-Gorskii fue obsequiado con un coche de tren equipado especialmente como laboratorio fotográfico; se le asignó un barco de vapor tripulado para sus trabajos en las vías fluviales y otro vapor más pequeño para las aguas bajas; para navegar el río Chusovaia, incluso dispuso de una embarcación motorizada; en la cordillera de los Urales, contó con un automóvil Ford para transitar por caminos en mal estado.

Los documentos expedidos por la cancillería del Zar garantizaron el derecho del fotógrafo a visitar todos los rincones del Imperio ruso, incluyendo las instalaciones de acceso restringido; gracias a estas autorizaciones, las administraciones locales quedaron obligadas a ofrecer a la misión toda la asistencia necesaria.

 

Los grandes viajes

Consciente de afrontar la empresa más trascendental de su carrera, pocos días después del encuentro con el Zar, Prokudin-Gorskii ya partía con gran excitación hacia su primera expedición. El destino elegido fue el canal Marinskii desde San Petersburgo hasta el Volga, con el fin de conmemorar el 200 aniversario de un sistema de canales inaugurado en 1709 para conectar San Petersburgo con el interior del país. La fotografía tomada en la esclusa de Chernigov del operario Pinkhus Karlinskii, con 66 años de servicio en el canal, llegaría a contarse entre las más famosas de la colección.

Los viajes de esta primera etapa se sucedieron a un ritmo trepidante. En otoño del mismo 1909 una segunda partida se dirigió hacia el área industrial de los Urales. En 1910, Prokudin-Gorskii recorrió el Volga para seguir el curso del río desde sus orígenes hasta la ciudad de Nizhni Novgorov y volvió a la región de los Urales, donde retrató con maestría el trabajo de los mineros. Ya en 1911, cambió de perspectiva y se dedicó a documentar gráficamente el centenario de la Guerra Patriótica de 1812 contra Napoleón, y trabajó concretamente en el recuerdo de la famosa batalla de Borodino, donde fallecieron 80.000 combatientes. Llevó a cabo igualmente reportajes en las provincias de Transcaspia y Turkmenistán, regiones que permitieron documentar con detalle las ocupaciones e indumentarias tradicionales de sus habitantes. Con una capacidad de desplazamiento poco usual en la época, durante 1912 fotografió áreas tan alejadas entre sí como la región del Cáucaso, el canal de Kama-Tobolsk, en Siberia, y las obras de construcción en el río Oká de las presas de Ryazan, Suzdal, Kuzminskoe y Beloomut.

Nada fue fácil, pero la determinación de Prokudin-Gorskii superó todas la dificultades técnicas en esta fase. Dejó constancia escrita de ello: “Teníamos que tomar imágenes en las más variadas y difíciles condiciones. A veces, al anochecer, teníamos que revelar las fotos en el laboratorio del coche y el trabajo se podía prolongar hasta bien entrada la noche, especialmente si el tiempo era desfavorable y había que decidir si se repetía una foto con otra iluminación (…)”.

Al terminar cada expedición, que por lo general tenían lugar en temporada de verano, Prokudin-Gorskii ponía en solfa todo el material reunido, lo mostraba en primer lugar al ministro de Comunicaciones y, finalmente, hacía una presentación de las diapositivas ante Nicolás II en persona. Según las entradas en el propio diario del Zar, muy escuetas, algunas de estas sesiones de seguimiento tuvieron lugar el 20 de marzo de 1910 (“Prokudin- Gorsky mostró diapositivas de sus viajes por Rusia y los Urales”), el 22 de enero de 1911 (“imágenes de las orillas del Volga y de los Urales”) y el 7 de  abril de 1913, cuando Nicolás II sólo escribió haber visto “nuevas fotografías en color”.

Sin embargo, la efervescencia de los trabajos en los primeros años se vio desacelerada de forma brusca a partir de 1912. La razón principal fue económica: sencillamente, Prokudin-Gorskii se quedó sin fondos. El proyecto no pudo disfrutar de la continuidad deseada porque, aunque el Zar se ocupara del transporte y de las facilidades administrativas, la empresa tenía otros muchos gastos que debía costear el propio Prokudin-Gorskii. El fotógrafo pertenecía a la nobleza rusa, era una persona solvente y estaba bien relacionado, pero sólo el mantenimiento de los expedicionarios y el material fotográfico necesario (productos químicos, placas de vidrio, papel de fotografía, etc.) para un proyecto de esta envergadura implicaba invertir bastante dinero. El caso es que a partir de cierto momento el maestro tuvo que centrar su atención en los negocios personales y limitar su dedicación a las expediciones.

Para continuar con los reportajes y perfeccionar su nuevo descubrimiento (una cámara cinematográfica en color), en 1913 fundó junto a S. O. Maksmiovich la compañía Biochrome, que ofrecía servicios de fotografía en color y en blanco y negro, y se establecía también con el objetivo de desarrollar técnicamente la fotografía, la impresión y el cine en color.

Por lo demás, la entrada de Rusia en la Primera Guerra Mundial terminó de obstaculizar la continuidad de los reportajes. El 31 de julio de 1914 Nicolás II ordenó la movilización general del ejército, desencadenando al día siguiente la declaración de guerra de Alemania y el comienzo de la barbarie. A Prokudin-Gorskii no le quedó otro remedio que sumar sus esfuerzos a los del país: se le encargó entrenar a pilotos rusos en la disciplina de la fotografía aérea y censurar la cinematografía que llegaba del extranjero, entre otros cometidos. Los propósitos militares pasaron a ser prioritarios y la colección vio suspendida la ayuda del Estado hasta el punto de que Prokudin-Gorskii tuvo que devolver su coche de tren especialmente equipado.
En este contexto, en verano de 1915, Prokudin-Gorskii realizó su última expedición fotográfica al norte de Rusia, visitando el recientemente construido ferrocarril de Múrmansk en la región de Laponia y los campos de prisioneros austrohúngaros en la región de Carelia. El resultado de sus reportajes fue expuesto por última vez en el Palacio de Invierno el 19 de marzo de 1918. A estas alturas, el fotógrafo ya sabía que su monumental plan jamás llegaría a completarse.
La guerra no hizo más que desatar la crisis definitiva del régimen zarista, y el país se vio paulatinamente abocado a la revolución. Las pérdidas provocadas por el conflicto bélico fueron enormes y a mediados de 1915 las numerosas bajas rusas ya habían tenido un importante efecto desmoralizador. En un país atrasado como Rusia, el esfuerzo bélico provocó rápidamente la escasez de alimentos y productos básicos, así como una cruel inflación. Se agravó entonces el descontento popular, se incrementaron las huelgas y la situación desembocó en la Revolución de Febrero de 1917.

 

Revolución proletaria

Si bien el régimen zarista había conseguido superar los primeros movimientos revolucionarios burgueses contra el sistema autárquico, la revolución de 1917 fue un movimiento de protagonismo obrero sin contemplaciones con la clase dirigente.

La creación de una Duma sin auténtico poder y la escenificación de otros gestos de apertura democrática ya no bastaron para contener a las fuerzas de la oposición. Con la suma de las tropas de la capital (entonces San Petersburgo) al proceso de sedición popular, la resistencia zarista se vino abajo en febrero de 1917. En marzo, Nicolás II abdicó en favor de su hermano Miguel IV de Rusia, que renunció. Y con ello se puso fin a la dinastía de los Romanov.

En septiembre de 1917 el Zar y su familia fueron detenidos y trasladados a Tobolsk (Siberia) y en abril de 1918 fueron enviados a Ekaterimburgo, en la región de los Urales. El 16 de julio de 1918 un escuadrón de la policía política recibió la orden del Soviet de los Urales de fusilar a la familia imperial al completo.

Prokudin-Gorskii no abandonó Rusia con los primeros azotes de la sublevación. Permaneció en el país tras la Revolución de Febrero e incluso después de la toma del poder por los soviets con la Revolución de Octubre. Se quedó en el país, siguió trabajando en la colección y continuó su actividad profesional. Poco después de la Revolución de Octubre incluso llegó a ser profesor del Instituto de la Fotografía y el Cine, especialmente creado por orden de A. V. Lunacharsky, dirigente del Comisariado Popular de Educación.

Sin embargo, Prokudin-Gorskii se fue muy rápidamente después de que estallara la Guerra Civil Rusa en la primavera de 1918. Con motivo de un viaje de negocios organizado por el Ministerio de Educación ruso, marchó a Noruega para comprar material para la proyección de diapositivas en los centros de enseñanza. La devastación y mortandad de la guerra civil, que enfrentó al revolucionario Ejército Rojo con el reaccionario Ejército Blanco, convencieron a Prokudin-Gorskii de su situación de inseguridad y de la imposibilidad de continuar investigando seriamente en los campos científicos de su interés. Se adivinaban pésimos tiempos para sus actividades y, aunque parecía que el nuevo régimen contaba con él, tomó la decisión de abandonar Rusia.

De esta manera, el viaje de trabajo se transformó en un periplo migratorio que lo llevó primero a Noruega, vía Finlandia, y después a Inglaterra, donde se quedó hasta 1922. Ese año se trasladó a Francia, donde se estableció con su familia en París, la ciudad de referencia para una nobleza rusa históricamente afrancesada.

 

Exilio y venta de la colección


En París, Sergei Prokudin-Gorskii pudo recuperar su actividad profesional. Abrió un estudio de fotografía junto a sus hijos y más tarde se dedicó también a actividades docentes. Los hijos de Prokudin-Gorskii adaptaron su apellido a la pronunciación y grafía francesas (Procoudine-Gorsky), continuaron en Francia con la tradición familiar y se dedicaron también a la fotografía.

Se ha estimado a partir del inventario personal de Prokudin-Gorskii que antes de dejar Rusia él contaba con unos 3.500 negativos. Aunque muy lejos de los 10.000 que se habían propuesto como objetivo con el Zar, era una cifra muy importante. Sin embargo, la confiscación por parte de las autoridades rusas de todas las imágenes que fueran sensibles de poner en riesgo los intereses estratégicos, más aún en tiempos de guerra, redujo en el último momento el número de negativos a la cifra de 1.903. Según anotaciones del propio fotógrafo, el bloque confiscado tenía poco interés para el público en general, pero dejó la colección ciertamente diezmada. En definitiva, la colección llegó a París y, durante años, las valiosas imágenes se conservaron en el sótano del edificio de apartamentos donde vivía la familia. En total, 1.903 negativos y 701 impresiones en álbumes sin sus correspondientes negativos. Allí quedaron almacenados hasta la muerte del fotógrafo, ocurrida en 1944.

Éste fue el legado que Prokudin-Gorskii dejó a sus hijos. Ellos mismos se encargaron, en 1948, de vender la colección a la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos. Además de recuperar y conservar el archivo, la biblioteca realizó también algunas exposiciones y publicitó su existencia. Finalmente, a partir de 2000 esta institución digitalizó la colección completa y la expuso al mundo entero a través de Internet.

Prokudin-Gorskii no volvió jamás a Rusia, y cuando murió fue enterrado en el “cementerio ruso” de la población de Sainte-Geneviève-des-Bois. Es el mismo sitio donde descansan muchos integrantes de la denominada emigración blanca, el contingente de los huidos de la Rusia revolucionaria. En última instancia, el sueño de que millones de personas vieran su colección de imágenes del Imperio Ruso se haría realidad. Y no sólo eso, sino que, con las nuevas tecnologías, su esperanza de difusión fue con creces superada. Esta vez, además, ya no fue para gloria del imperio, sino para la suya propia.

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About Xavier Valls Torner

Periodista, coordinador editorial, corrector

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